Mágico Dominio (The Magician) - Ciclo "Joyas del Cine Mudo: Rex Ingram" (Zaragoza, Huesca y Teruel)

Fecha12/12/2012-12/19/2012
LugarZaragoza: Sala Pilar Sinués, Ed. Paraninfo (Pza. Paraíso, 4)
Huesca: Fac. Empresa y Gestión Pública (Plaza de la Constitución, 1)
Teruel: C.M.U. Pablo Serrano (Cuidad Escolar, s/n)

Zaragoza, Huesca, Teruel
Hora07:00 PM
EntradaLibre
OrganizaVicerrectorado de Cultura y Política Social de la Universidad de Zaragoza - Área de Cultura
ColaboraVicerrectorados de los campus de Huesca y de Teruel

MÁGICO DOMINIO
(The Magician)

País: EEUU Año: 1926 Duración: 80 min. B/N

Dirección: Rex Ingram.
Guión: Rex Ingram basado en la novela homónima de William Somerset Maugham.
Fotografía: John F. Seitz.
Música: Robert Israel (versión 2009).
Direción artística: Henri Ménessier.
Montaje: Grant Whytock.
Intérpretes: Alice Terry, Paul Wegener, Firmin Gémier, Ivan Petrovich, Gladys Hamer, Henry Wilson, Stowitts.

Sinopsis: Oliver Haddo, un estudiante de lo oculto, demuestra en numerosas ocasiones sus poderes mágicos y después de años de búsqueda encuentra una fórmula en una biblioteca de París para crear vida humana. Margaret Dauncey, la nieta del Dr. Porhoet es una estudiante de escultura y se hiere trabajando en un enorme fauno. El Dr. Arthur Burdon, un destacado cirujano americano, le practica una delicada operación en la columna ante muchos famosos doctores, incluyendo a Haddo; durante su convalecencia, Margaret y el Dr. Burdon se enamoran. Mediante trucos, Haddo se introduce en el apartamento de Margaret y la pone bajo hipnosis. Burdon los sigue a Monte Carlo pero ella se encuentra irremisiblemente bajo el poder de Haddo. En la Torre del Brujo, Haddo está a punto de extraer su sangre de virgen para su fórmula secreta.


PROYECCIONES:

Zaragoza: Miércoles 12 de diciembre a las 19:00 h.
Huesca: Miércoles 19 de diciembre a las 19:30 h.
Teruel: Miércoles 12 de diciembre a las 19:00 h.


Comentario del film:

Igual que los títulos anteriores de Ingram, Mágico dominio se basa en una novela, la obra de idéntico título original que W. Somerset Maugham escribió en 1908 inspirándose en la vida de Aleister Crowley (1875–1947). Conocido como “el hombre más perverso del mundo”, Crowley fue un célebre mago y ocultista, miembro de la Orden Hermética del Alba Dorada (“Hermetic Order of the Golden Dawn”) y de la Ordo Templi Orientis, entre otras sociedades secretas de la época, que ejerció una gran influencia en el mundo del esoterismo de principios del siglo XX. Alejándose por igual del melodrama y del horror, entendido éste último en un sentido más metafórico que literal, Maugham (y con él Ingram) se aproxima a tan ambigua y sugerente figura no desde un prisma hagiográfico, tampoco con una voluntad discursiva o crítica; el protagonista de The magician es mostrado como una especie de fantasma, una figura oscura y solitaria que ansía un conocimiento supremo que sólo la magia arcaica puede ofrecerle. Nadie mejor para interpretarlo en la gran pantalla –y ésta es una muestra indiscutible de la genialidad de Ingram– que el actor y director alemán Paul Wegener (1874–1948), responsable poco tiempo atrás de dos títulos imprescindibles del cine europeo –El estudiante de Praga (Der student von Prag, codirigida por Stellan Rye, 1913) y El Golem (Der Golem, codirigida por Carl Boese, 1920)– [1]. Wegener se pone en la piel de Oliver Haddo, un mago y mesmerista, un hombre misterioso surgido de las tinieblas del pasado, con una frialdad imperturbable pero inquietante a la que no es ajena su gran corpulencia física. Aunque estudia medicina, Haddo reniega de la fría ciencia moderna: todo su poder procede de antiguos libros de magia y ocultismo olvidados (enterrados) en la biblioteca de París, a los que ha dedicado toda su vida. A través de sus fórmulas y enseñanzas ancestrales perdidas en la noche de los tiempos Haddo ha conseguido la fórmula que le permitirá crear vida artificial a partir de la magia. Necesita, no obstante, el ingrediente definitivo: la sangre de una mujer virgen.

Ingram contrapone en todo momento, y de manera brillante, el mundo ominoso pero fascinante de la magia y el esoterismo con los descubrimientos y los avances de la medicina moderna, una ciencia que para el mago carece de verdadera alma, de auténtico poder. Prácticamente todo el filme está articulado alrededor de esta confrontación: el principal rival de Haddo, el Dr. Arthur Burdon (Ivan Petrovich), es un eminente cirujano estadounidense prometido a la que mujer que el mago desea, la escultora Margaret Dauncey (Alice Terry). Burdon ha salvado a Margaret de una muerte segura tras un accidente en su taller, realizando satisfactoriamente una operación quirúrgica revolucionaria filmada por Ingram de manera verdaderamente magistral: un plano general muestra una espaciosa, pero aséptica y fría sala de operaciones; a su alrededor, situados detrás de una gran cristalera, vemos una decena larga de médicos, ataviados todos con la preceptiva bata blanca y contemplando en una especie de éxtasis el “milagro” obrado por Burdon. Sólo Haddo, en un rincón, observa la escena con una indescriptible mezcla de desdén y repugnancia apoyando sus grandes manos sobre el cristal…: “Salvar una vida humana es algo relativamente simple; sin embargo, la creación de vida requiere poderes mágicos” afirmará indignado ante la asustada presencia de dos médicos. El poder del mago es mucho más grande, infinito quizá: Haddo ejerce sobre todos aquellos que le rodean una imposible mezcla de atracción y repulsión. Margaret no tardará en caer en sus redes, hipnotizada, sí, pero atraída también por la tentación del abismo que representa, momento visualizado en la extraordinaria escena de la frenética bacanal (¿aquelarre?) que le muestra Haddo, inspirada en buena medida en el mundo surrealista del genial pintor flamenco Hyeronimus Bosch (1450–1516). Un mundo misterioso, encantado, pero también salvaje e inequívocamente lujurioso cobra vida delante los ojos de la mujer, un mundo que contrasta con la rutina y la verdadera falta de emoción de su acomodada y tranquila vida burguesa, un mundo que la atrae irresistiblemente porqué está fuera de su alcance: ¿qué simboliza sino la escultura gigantesca del fauno en la que está trabajando en su taller y que está a punto de costarle la vida, mostrada en la escena que abre el filme? Al mismo tiempo que muestra la fuerza de su poder, Ingram muestra también el egoísmo y la falta de escrúpulos del mago. El personaje en ningún momento viene a representar el Mal en mayúsculas, ni una Maldad entendida en un sentido absoluto: tras obligar a Margaret a casarse con él por la fuerza, Haddo se la llevará a Montecarlo, dónde aprovechará sus poderes mentales para enriquecerse jugando a la ruleta en los casinos… Mientras ultima los detalles del experimento que lo convertirá prácticamente en un Dios, Haddo no renuncia a placeres más mundanos: fuera de contexto, hastiado de la humanidad y del progreso, el mago sólo busca satisfacer su sed de poder.

Hasta el último tercio del metraje, Ingram no muestra el castillo del mago, situado en lo más alto de una escarpada montaña cerca del pueblo medieval de Latourette, al que sólo se puede acceder a caballo o a pie, ni a su ayudante enano (Henry Wilson), personaje que de hecho no tiene ningún peso en el desarrollo de la acción. Esta parte del filme, quizá la más endeble a nivel narrativo / dramático (la trama pronto se reduce a los desesperados intentos de Burdon para rescatar a Margaret con la ayuda de un familiar de ésta), es la más elaborada a nivel visual: contiene numerosos hallazgos de puesta en escena y ambientación, algunos de ellos inspirados de manera inequívoca en El Golem (la “expresionista” visualización de de las retorcidas casas y empinadas callejuelas del pueblo, por ejemplo), y que serán prácticamente copiados en las posteriores producciones terroríficas de la compañía Universal. El miedo atroz de los habitantes del pueblo hacia Haddo (cierran corriendo las puertas y las ventanas de sus casas y esconden a sus hijos en presencia del mago), la arquitectura imposible del castillo, un edificio altísimo formado por tres torres cilíndricas unidas, la atmósfera irreal e inquietante del laboratorio, una sala espaciosa repleta de libros antiguos, extraños líquidos, ingredientes prohibidos e inquietantes artilugios… Recursos, ideas y elementos que serán utilizados con mayor o menor fortuna en títulos como Drácula (Dracula, Tod Browning) y El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931), entre muchos otros, convirtiéndose rápidamente en genuinos estilemas visuales del cine de terror clásico. La diferencia, primordial, estriba en el sentido y en la utilización que Ingram hace de ellos: el “laboratorio infernal” de Haddo no es el verdadero fin u objetivo de la trama, ni siquiera un recurso escenográfico destinado a la creación de inquietud o de misterio, es un universo cerrado e impenetrable, la visualización y a la vez la extensión del poder intangible del mago. El trabajo de dirección no subraya, ni siquiera explica nunca los acontecimientos relatados; la sucesión de secuencias cerradas que componen el filme parece obedecer más a una especie de negra fatalidad que a una relación de causa-efecto, ya que el relato avanza a partir de violentas relaciones de oposición / confrontación (Pasado y Futuro, Magia y Ciencia, Bien y Mal, Belleza y Monstruosidad, etc.) que trascienden incluso el ámbito de lo propiamente cinematográfico en su intento de mostrar un horror que se encuentra más allá de la realidad material. No hay ni un solo movimiento de cámara en Mágico dominio, aunque da la impresión que un travelling o una ligera, pequeña panorámica no podrían mejorar la puesta en escena del director: un plano general abre y cierra cada una de las diferentes escenas, y es mediante el montaje y el recurso a los primeros planos que Ingram muestra las relaciones entre los distintos personajes.

[1] Wegener permanecería en Alemania mientras buena parte de sus compatriotas (directores como Paul Leni, Fritz Lang y F. W. Murnau, actores como Conrad Veidt y Peter Lorre, entre muchos otros) emigraban a Estados Unidos; sus nada disimuladas simpatías por el nacionalsocialismo de Adolf Hitler y su condición de “actor oficial” del régimen durante la década de los treinta lo acabaría condenando a un injusto ostracismo.

Más información: http://www.judexfanzine.net/v2/fitxa.php?id=811

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